Durante años, en muchas organizaciones de América Latina se instaló una idea peligrosa: que usar Linux o Mac era sinónimo de estar “más seguros”. Esa creencia llevó a decisiones técnicas, presupuestales y culturales que hoy están mostrando sus grietas. Los datos más recientes confirman que el ecosistema digital regional cambió, y lo hizo rápido. Más de un millón de intentos de ataque en un solo año contra estos sistemas operativos no son una anécdota, son una señal clara de advertencia. La región está en la mira y los atacantes ya no discriminan plataformas, solo buscan vulnerabilidades, malas prácticas y ausencia de gobierno tecnológico. Desde mi experiencia acompañando empresas durante más de tres décadas, he visto cómo estos cambios no se enfrentan con pánico, sino con criterio, estructura y decisiones funcionales. Este análisis no busca alarmar, busca despertar conciencia estratégica.
👉 LEE NUESTRO BLOG, porque entender el riesgo es el primer paso para gestionarlo con inteligencia.
Durante mucho tiempo, Linux y macOS fueron vistos como sistemas “secundarios” en el radar del cibercrimen. Windows concentraba la atención, los presupuestos de seguridad y los titulares. Sin embargo, la transformación digital en América Latina cambió profundamente ese panorama. Hoy, Linux es el corazón de servidores, nubes, contenedores, plataformas IoT y sistemas críticos. Mac, por su parte, dejó de ser una herramienta de nicho para diseñadores y se consolidó como equipo corporativo, ejecutivo y académico. Cuando la adopción crece, el interés del atacante crece con ella.
Los datos publicados recientemente por Itware Latam, basados en informes de seguridad regionales, confirman una realidad que en consultoría ya veníamos observando en campo: más de 726 mil ciberataques dirigidos a sistemas Linux y más de 431 mil contra macOS en un solo año en América Latina. No hablamos de escenarios hipotéticos, hablamos de eventos reales bloqueados, detectados o analizados en entornos productivos. Servidores empresariales, estaciones de trabajo, equipos personales conectados a redes corporativas y plataformas en la nube hacen parte de esta estadística.
Brasil, México, Chile, Colombia y Perú encabezan la lista. No por casualidad, sino porque concentran mayor digitalización, mayor conectividad y, en muchos casos, una madurez desigual en gestión de seguridad. Este punto es clave: el problema no es la tecnología en sí misma, sino cómo se implementa, se administra y se gobierna. La frase “Linux es más seguro” o “Mac no tiene virus” dejó de ser una ventaja y se convirtió en un riesgo cuando sirvió como excusa para no invertir en controles, políticas y cultura.
En Linux, el foco principal de los atacantes está en servidores mal configurados, credenciales débiles, servicios expuestos innecesariamente y falta de actualización. En múltiples diagnósticos he encontrado servidores productivos con accesos SSH abiertos al mundo, usuarios con privilegios excesivos, contraseñas reutilizadas y ausencia total de monitoreo. No es un fallo del sistema operativo, es un fallo de gobierno tecnológico. Linux ofrece herramientas robustas de seguridad, pero exige criterio y disciplina. Sin ellas, se vuelve un blanco atractivo.
En macOS el patrón es distinto, pero igual de preocupante. El crecimiento del malware específico para Mac está asociado a phishing sofisticado, robo de credenciales, ingeniería social y abuso de permisos. El usuario Mac suele tener un perfil profesional o ejecutivo, con acceso a información sensible, correos estratégicos y plataformas corporativas. Para un atacante, comprometer un solo equipo puede abrir la puerta a toda la organización. De nuevo, no es el sistema, es la confianza excesiva y la falta de controles complementarios.
Uno de los factores más críticos que se repite en estos incidentes es la gestión de contraseñas. Los reportes muestran que, incluso en 2025, siguen utilizándose combinaciones débiles, repetidas o previsibles. Esto no es un problema técnico, es cultural. La seguridad no falla primero en el software, falla primero en los hábitos. Cuando una empresa no define políticas claras, no forma a sus usuarios y no implementa mecanismos de control, deja el camino libre para ataques automatizados que ya no requieren grandes habilidades, solo oportunidades.
Otro elemento relevante es la falsa sensación de seguridad en entornos Linux corporativos. Muchas organizaciones tercerizan servidores, nubes o plataformas sin exigir estándares claros de seguridad, monitoreo y responsabilidad compartida. Se asume que el proveedor “se encarga de todo”, cuando en realidad la seguridad siempre es una responsabilidad compartida. He visto incidentes graves originados en esta zona gris, donde nadie tenía claro quién debía actualizar, auditar o responder ante una alerta.
La evolución del cibercrimen en la región también está marcada por la automatización y el uso de inteligencia artificial por parte de los atacantes. Escaneos masivos, explotación de vulnerabilidades conocidas y campañas de phishing adaptadas al idioma, la cultura y el contexto local son hoy la norma. América Latina dejó de ser un objetivo secundario. Hoy es un laboratorio activo para probar técnicas, explotar brechas y monetizar accesos comprometidos.
Frente a este escenario, la respuesta no puede ser improvisada ni basada en modas tecnológicas. No se trata de instalar más herramientas sin criterio, ni de asumir que un antivirus resolverá el problema. La seguridad efectiva comienza con una visión funcional: entender qué activos son críticos, cómo están expuestos, quién accede a ellos y bajo qué reglas. Sin esa base, cualquier inversión será parcial e ineficiente.
En consultoría, cuando abordamos estos temas, siempre partimos de una pregunta sencilla pero poderosa: ¿qué pasaría si mañana este sistema dejara de estar disponible o su información se viera comprometida? La mayoría de empresas no tiene una respuesta clara, y eso es más peligroso que cualquier malware. La continuidad del negocio, la reputación, el cumplimiento legal y la confianza de clientes dependen directamente de estas decisiones.
Es importante entender que Linux y Mac no son inseguros. Al contrario, bien gestionados, pueden ser plataformas muy robustas. El problema aparece cuando se les atribuye una seguridad “por defecto” y se descuida el entorno. La tecnología nunca sustituye al criterio, y eso es una constante que he visto repetirse durante más de 30 años de evolución tecnológica.
Hoy, la seguridad ya no es solo un tema técnico. Es un tema estratégico, legal y humano. Implica gobierno de datos, cumplimiento normativo, cultura organizacional y liderazgo. Las empresas que entienden esto no reaccionan al incidente, lo previenen. Las que no, aprenden a la fuerza, generalmente cuando el costo ya es alto.
La publicación de estas cifras no debe verse como una noticia más, sino como una oportunidad para repensar cómo estamos construyendo nuestros entornos digitales. La atracción inicial de tecnologías modernas, abiertas o estéticamente atractivas pierde valor si no está acompañada de una gestión responsable. Cada empresa, sin importar su tamaño, está hoy conectada a un ecosistema donde el riesgo es compartido y las consecuencias también.
La conversión ocurre cuando esa conciencia se transforma en acción. Revisar configuraciones, definir políticas claras, formar a los equipos, auditar accesos y asumir la seguridad como parte del negocio, no como un gasto adicional. Las organizaciones que avanzan en esta dirección no solo reducen incidentes, también ganan confianza, eficiencia y sostenibilidad.
La fidelización llega cuando la seguridad deja de ser un proyecto puntual y se convierte en una práctica continua. Cuando la tecnología se alinea con la funcionalidad, con el propósito del negocio y con las personas que la usan, el riesgo se gestiona, no se teme. Ese ha sido siempre el enfoque que defendemos: decisiones conscientes, tecnología con sentido y estrategia con humanidad.
La verdadera seguridad no está en el sistema que eliges, sino en las decisiones conscientes que tomas cada día al usarlo.
