Solo el 4% de las organizaciones es madura en ciberseguridad



Durante más de tres décadas acompañando empresas de todos los tamaños y sectores, he visto cómo la tecnología avanza más rápido que la conciencia sobre su uso responsable y seguro. Hoy la ciberseguridad ya no es un tema técnico reservado al área de sistemas, sino un asunto estratégico que impacta directamente la continuidad del negocio, la confianza de los clientes y el cumplimiento legal. Un reciente análisis divulgado por ITSitio revela que solo el 4% de las organizaciones puede considerarse realmente madura en ciberseguridad, una cifra que debería encender todas las alarmas en juntas directivas y equipos gerenciales. Este dato no habla únicamente de brechas tecnológicas, sino de decisiones, cultura organizacional y visión de futuro. Entender por qué ocurre, qué riesgos implica y cómo abordarlo de manera funcional es hoy una prioridad inaplazable. No se trata de miedo, sino de responsabilidad empresarial en un entorno cada vez más digital, regulado y expuesto. 

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Cuando analizamos con calma el dato de que solo el 4% de las organizaciones alcanza un nivel de madurez en ciberseguridad, lo primero que aparece no es la sorpresa, sino la confirmación de algo que en la práctica diaria vemos con frecuencia. Muchas empresas han invertido en tecnología, en software, en infraestructura, pero no necesariamente en una visión integral de seguridad. La ciberseguridad sigue tratándose como un gasto reactivo y no como un componente estructural del modelo de negocio.

La madurez en ciberseguridad no se mide únicamente por tener un antivirus actualizado o un firewall bien configurado. Habla de gobierno corporativo, de políticas claras, de roles definidos, de conciencia en las personas y de alineación con la estrategia empresarial. Una organización madura entiende que la información es uno de sus activos más valiosos y actúa en consecuencia, protegiéndola desde el diseño de procesos hasta la toma de decisiones diarias.

En muchos casos, el problema comienza cuando la ciberseguridad se delega exclusivamente al área técnica. Se espera que el ingeniero “resuelva” sin que la alta dirección se involucre realmente. Esto genera un enfoque fragmentado, donde se implementan herramientas aisladas, sin un hilo conductor ni una evaluación real del riesgo. La madurez exige liderazgo, y ese liderazgo debe venir desde la gerencia.

Otro factor crítico es la falsa sensación de seguridad. Empresas que nunca han sufrido un incidente grave suelen asumir que “a nosotros no nos va a pasar”. Esa percepción cambia drásticamente después de una filtración de datos, un ataque de ransomware o una sanción por incumplimiento normativo. El problema es que, para ese momento, el impacto económico, reputacional y operativo ya está hecho.

La cifra del 4% también refleja una brecha cultural. La ciberseguridad no falla solo por sistemas vulnerables, sino por comportamientos humanos. Contraseñas compartidas, correos sospechosos abiertos sin verificar, dispositivos personales conectados a redes corporativas sin control. Sin una cultura de seguridad, cualquier inversión tecnológica queda incompleta.

Desde la perspectiva del cumplimiento normativo, la situación es aún más delicada. Legislaciones de protección de datos personales, estándares internacionales y exigencias sectoriales obligan a las organizaciones a demostrar medidas técnicas y organizativas adecuadas. No basta con “decir” que se protege la información; hay que poder demostrarlo. Y esa demostración solo es posible cuando existe madurez real.

La transformación digital acelerada de los últimos años ha ampliado la superficie de ataque. Trabajo remoto, servicios en la nube, integraciones entre plataformas y automatización de procesos han traído enormes beneficios, pero también nuevos riesgos. Muchas empresas digitalizaron sin detenerse a pensar en seguridad, priorizando velocidad sobre control. Hoy están pagando ese precio.

Hablar de madurez implica hablar de procesos continuos, no de proyectos puntuales. La ciberseguridad no se implementa una vez y se olvida. Evoluciona, se revisa, se ajusta. Requiere evaluación constante del riesgo, pruebas, capacitación y mejora continua. Las organizaciones que lo entienden así son precisamente ese pequeño 4% que logra sostenerse con mayor resiliencia.

En nuestra experiencia, uno de los errores más frecuentes es copiar modelos ajenos sin adaptarlos a la realidad del negocio. La seguridad debe ser funcional, alineada al tamaño, sector y contexto de cada organización. Implementar controles excesivos puede ser tan dañino como no implementar ninguno, porque afecta la operación y genera resistencia interna.

La madurez también se refleja en la forma como se toman decisiones ante incidentes. Organizaciones maduras tienen planes, roles definidos y capacidad de respuesta. Las inmaduras improvisan, reaccionan tarde y comunican mal, amplificando el daño. Este punto es clave, porque ningún sistema es 100% invulnerable; lo que marca la diferencia es cómo se responde.

Otro aspecto crítico es la integración entre ciberseguridad y estrategia empresarial. Cuando la seguridad se alinea con los objetivos del negocio, deja de verse como un obstáculo y se convierte en un habilitador. Permite crecer, innovar y generar confianza en clientes, aliados y entes reguladores.

No podemos ignorar el impacto reputacional. Hoy la confianza es un activo frágil. Un incidente de seguridad mal gestionado puede destruir años de trabajo comercial y de posicionamiento. Las organizaciones maduras lo saben y por eso invierten en prevención, no solo en corrección.

La cifra del 4% no debe interpretarse como una condena, sino como una oportunidad. La gran mayoría de las empresas aún está a tiempo de evolucionar, de pasar de una seguridad reactiva a una seguridad estratégica y funcional. El primer paso es reconocer la realidad sin excusas.

Aquí es donde la consultoría con enfoque funcional cobra sentido. No se trata de vender miedo ni tecnología innecesaria, sino de ayudar a las organizaciones a entender su nivel real de exposición y a tomar decisiones informadas. La ciberseguridad debe hablar el lenguaje del negocio, no solo el lenguaje técnico.

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Entender que solo el 4% de las organizaciones es madura en ciberseguridad debería llevarnos a una reflexión profunda, no desde el miedo, sino desde la responsabilidad. La atracción comienza cuando la empresa reconoce que proteger su información, sus procesos y la confianza de sus clientes no es opcional, sino parte esencial de su sostenibilidad. Cada vez más clientes, aliados y entes de control valoran a las organizaciones que demuestran criterio, orden y compromiso con la seguridad digital.

La conversión ocurre cuando esa conciencia se traduce en acción. Diagnosticar la realidad, definir prioridades y avanzar de manera estructurada permite pasar del discurso a los hechos. No es necesario hacerlo todo al mismo tiempo, pero sí hacerlo bien. Una ciberseguridad funcional acompaña el crecimiento, no lo frena, y se adapta al contexto real de la organización.

La fidelización se construye cuando la seguridad deja de ser un proyecto y se convierte en parte de la cultura. Cuando los equipos entienden su rol, cuando la dirección lidera con el ejemplo y cuando la tecnología se utiliza con propósito, la organización gana tranquilidad, reputación y capacidad de respuesta. Esa es la verdadera madurez.

Después de más de 30 años acompañando procesos empresariales, puedo afirmar que la ciberseguridad bien entendida no es un lujo, es una decisión estratégica que protege el presente y asegura el futuro. El 4% ya dio ese paso. La pregunta es cuándo lo hará el resto.

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La verdadera seguridad no se improvisa, se construye con visión, criterio y propósito.

FIRMA FINAL:Julio César Moreno Duque
Fundador – Consultor Senior en Tecnología y Transformación Empresarial
👉 “Nunca la tecnología por la tecnología en sí misma, sino la tecnología por la funcionalidad.”
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