Durante años he acompañado a empresas colombianas en procesos de transformación digital, automatización y modernización tecnológica. Y hay una verdad que se repite con una frecuencia inquietante: muchas organizaciones quieren avanzar, innovar y competir, pero su infraestructura básica simplemente no se los permite. Un reciente informe basado en datos de Ookla, divulgado por La República, revela una cifra que debería hacernos reflexionar profundamente: el internet móvil colombiano es hasta 16 veces más lento que el de los Emiratos Árabes Unidos. No se trata solo de un ranking internacional ni de una comparación técnica. Estamos hablando de productividad, competitividad, acceso a oportunidades y, sobre todo, de futuro empresarial. Cuando la conectividad falla, todo el ecosistema digital se resiente. Y si no entendemos esto con claridad, seguiremos culpando a la tecnología equivocada, en lugar de corregir la base que sostiene toda la transformación.
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Hablar de internet móvil ya no es hablar de comodidad o entretenimiento. Hoy es hablar de la columna vertebral de la economía digital. En Colombia, millones de personas y empresas dependen exclusivamente del acceso móvil para operar, vender, comunicarse y tomar decisiones. Sin embargo, cuando se contrasta nuestra realidad con países que han apostado de manera estratégica por la conectividad, el rezago se vuelve evidente y preocupante.
El informe de Ookla, sustentado en millones de pruebas reales de velocidad realizadas por usuarios, muestra que mientras en Emiratos Árabes Unidos las velocidades móviles superan con holgura los estándares globales, en Colombia seguimos luchando con latencias altas, caídas constantes y velocidades que no acompañan las necesidades actuales de negocio. Esta diferencia no es casual ni reciente. Es el resultado de años de decisiones fragmentadas, inversiones insuficientes y una visión de corto plazo sobre la infraestructura digital.
En mi experiencia, muchas empresas creen que su problema está en el software, en la nube o en la falta de talento digital. Pero cuando analizamos con criterio funcional, encontramos que el verdadero cuello de botella está en la conectividad. Un ERP lento, una videollamada que se cae, un sistema de facturación electrónica que no responde, una herramienta de analítica que no carga a tiempo, no son fallas aisladas. Son síntomas de una base débil.
La comparación con Emiratos Árabes Unidos es especialmente reveladora. Allí, la conectividad no se concibe como un servicio más, sino como un habilitador estratégico del desarrollo nacional. La velocidad del internet móvil permite que sectores como el comercio, la logística, la educación, la salud y el gobierno digital funcionen de manera integrada y eficiente. En Colombia, en cambio, aún vemos la conectividad como un costo y no como una inversión estructural.
Esto tiene un impacto directo en la productividad empresarial. Un colaborador que pierde minutos esperando que una aplicación cargue, que no puede subir información en tiempo real o que debe repetir procesos por fallas de conexión, acumula horas improductivas al mes. Multiplique eso por equipos completos y por años de operación. El resultado es una pérdida silenciosa de competitividad que pocas veces se mide, pero que se siente en los resultados.
También hay un impacto claro en la innovación. Hablar de automatización, inteligencia artificial o analítica avanzada en contextos de baja conectividad es, en muchos casos, una promesa difícil de cumplir. La tecnología puede ser de última generación, pero si no hay una red estable y rápida que la soporte, se convierte en una frustración más que en una solución. Por eso insisto siempre en que la transformación digital no comienza con la herramienta más sofisticada, sino con una evaluación honesta de la infraestructura real.
Desde el punto de vista social y territorial, la brecha se amplía aún más. En muchas regiones de Colombia, el internet móvil es la única vía de acceso a servicios digitales. Cuando esa conexión es lenta o inestable, se limita el acceso a educación virtual, telemedicina, comercio electrónico y oportunidades laborales remotas. No es solo un problema tecnológico, es un problema de equidad y desarrollo.
Ahora bien, reconocer el problema no significa resignarse a él. Las empresas, incluso en contextos de conectividad limitada, pueden tomar decisiones más inteligentes. El primer paso es dejar de improvisar. Evaluar objetivamente la calidad real de la conexión, entender los picos de uso, la latencia y la estabilidad, permite diseñar soluciones más realistas. No todas las herramientas requieren el mismo nivel de ancho de banda, y no todos los procesos deben depender de una conexión permanente.
Aquí es donde muchas organizaciones se equivocan: adoptan soluciones pensadas para entornos con conectividad de primer nivel, sin adaptar su estrategia a la realidad local. El resultado es una sensación constante de que “la tecnología no funciona”, cuando en realidad lo que no funciona es la alineación entre infraestructura, procesos y objetivos.
También es clave entender que el internet móvil no debe ser el único soporte de la operación empresarial cuando esta crece. He visto empresas que dependen exclusivamente de datos móviles para procesos críticos, sin redundancias ni planes de contingencia. En un entorno como el colombiano, eso es un riesgo operativo serio. La continuidad del negocio exige pensar en esquemas híbridos, respaldos y arquitecturas que prioricen la estabilidad sobre la moda.
El rol del Estado y de los operadores es fundamental, pero las empresas no pueden quedarse esperando soluciones externas. La competitividad se construye con decisiones internas bien informadas. Invertir en diagnósticos tecnológicos, rediseñar procesos para hacerlos más eficientes en consumo de datos, capacitar a los equipos en el uso racional de las herramientas digitales, son acciones concretas que marcan diferencia.
Cuando miramos el caso de Emiratos Árabes Unidos, no vemos solo velocidad. Vemos visión. Vemos planificación a largo plazo, integración entre sector público y privado, y una comprensión profunda de que la conectividad es un habilitador de valor. Colombia tiene el talento, el mercado y la necesidad. Lo que aún falta es coherencia estratégica.
No se trata de copiar modelos extranjeros sin contexto, sino de aprender de ellos. La velocidad del internet móvil es un indicador, pero detrás de ese indicador hay decisiones, prioridades y cultura digital. Mientras sigamos tratando la conectividad como un tema secundario, seguiremos arrastrando limitaciones que afectan a todo el ecosistema empresarial.
En TODO EN UNO.NET hemos acompañado procesos donde, antes de hablar de automatización o inteligencia artificial, fue necesario ordenar la casa: revisar redes, conexiones, flujos de información y dependencias tecnológicas. Cuando eso se hace bien, incluso con limitaciones externas, los resultados cambian de manera significativa.
La noticia de que el internet móvil colombiano es 16 veces más lento que el emiratí no debería leerse solo como un dato curioso o alarmante. Debería ser una llamada a la reflexión profunda para empresarios, directivos y tomadores de decisión. La atracción comienza cuando entendemos que la competitividad digital no depende únicamente de grandes presupuestos, sino de decisiones conscientes y alineadas con la realidad. Cada empresa que reconoce su punto de partida y actúa con criterio funcional da un paso adelante frente a quienes siguen improvisando.
La conversión ocurre cuando esa conciencia se transforma en acción. Diagnosticar, priorizar, rediseñar procesos y elegir tecnología adecuada al contexto es lo que marca la diferencia entre una inversión perdida y un avance sostenible. No se trata de tener la tecnología más moderna, sino la que realmente funciona bajo las condiciones reales de operación. Ahí es donde la consultoría estratégica cobra sentido y deja de ser un gasto para convertirse en un habilitador de resultados.
La fidelización llega cuando las empresas comprueban que es posible crecer incluso en entornos complejos, siempre que exista acompañamiento, visión y coherencia. En un país con retos de conectividad, la ventaja competitiva está en quien sabe adaptarse mejor, no en quien se queja más. La tecnología, bien pensada, sigue siendo una aliada poderosa, incluso cuando el entorno no es perfecto.
La verdadera brecha digital no está en la velocidad del internet, sino en la velocidad con la que decidimos hacer lo correcto.
