Lo que preocupa de estos avances es que no se dan al mismo tiempo en todo el mundo, creando nuevas brechas y redefiniendo la concepción de pobreza.
Es pronto para hablar del impacto de la inteligencia artificial en el mundo, más es prudente comenzar a conversar sobre sus implicaciones, limitaciones y realidades. La IA será parte del futuro de la humanidad, sin embargo, considero que no será su futuro.
En una grata conversación por chat con Valentina Azuaje, exalumna del CESA, me preguntó sobre el futuro de la IA en la toma de decisiones empresariales, porque un sistema de estos había ‘dirigido’ una empresa e hizo que su valor en bolsa se incrementará rápidamente; a esto, le planteé que estos motores y máquinas llevan las decisiones al plano racional, al terreno de lo óptimo y lo más exacto posible, cosa que el ser humano normalmente no hace porque lo balancea con el aspecto emocional.
Muchas de las grandes decisiones empresariales estaban bien lejos de ser racionales u óptimas si se analiza con la información que se tenía en ese momento.
Las respuestas racionales no necesariamente son las mejores respuestas posibles, como se puede ver en la película Yo, Robot donde se recrean los cuentos de Isaac Asimov sobre las leyes de la robótica, que él mismo escribió en 1942, donde la decisión de un robot fue salvar la vida de un adulto y no de una niña, porque era más probable que viviera.
La humanidad constantemente ha vivido esta tensión entre racionalidad y emocionalidad, productividad y estética, nutrición y sabor, entre otros muchos equilibrios de ese continuo y confuso diálogo entre “el cerebro y el corazón”.
Por esto, hoy considero que el término IA de McCarty (en 1956) es claro: es una inteligencia y es artificial, y eso lo hace diferente a nosotros los humanos. Nuestra humanidad, que nos diferencia de muchos animales y de la tecnología, tiene elementos desde la generosidad hasta la egolatría que hace que nuestra historia no esté plagada de decisiones eficientes, sino humanas.
Estas nuevas herramientas serán parte fundamental del futuro de la humanidad. Un buen ejemplo es el reloj que es una máquina que mide el tiempo, que causó uno de los acuerdos sociales más grandes de la humanidad, con un error de estimación casi mínimo y, aun así, la gente llega tarde. Caso que demuestra que las máquinas nos ‘dominan’ hace mucho pero que aún seguimos siendo humanos.
Lo que más me preocupa de estos avances (y de muchos otros) es que no se dan al mismo tiempo en todo el mundo, creando nuevas brechas e inevitablemente redefiniendo continuamente la concepción de pobreza, que cada vez se acerca más a la “limitación o imposibilidad de tener acceso a las nuevas soluciones que mejoran la calidad de vida”. En Colombia, el 44,2% de las personas se consideraron pobres en 2022, según la encuesta de calidad de vida del Dane, pese a que no más del 18% tiene sus necesidades básicas insatisfechas, dejando ver la diferencia entre los hechos y la percepción.
Bienvenida la Inteligencia Artificial, más no las Percepciones Generadas.
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