Durante años he acompañado a empresas privadas y entidades públicas en Colombia en procesos de transformación digital, y si hay algo que se ha vuelto evidente en el último tiempo es que el ransomware dejó de ser un problema “técnico” para convertirse en un riesgo estratégico y organizacional. Ya no hablamos de ataques aislados ni de delincuentes improvisados. Hoy enfrentamos estructuras criminales altamente sofisticadas, apoyadas por inteligencia artificial, nuevos vectores de ataque y un profundo conocimiento del comportamiento humano. El reciente análisis publicado sobre el crecimiento del ransomware en Colombia confirma lo que vemos diariamente en consultoría: organizaciones con tecnología, pero sin gobierno digital; sistemas modernos, pero sin cultura de seguridad; decisiones rápidas, pero sin visión de riesgo. El problema no es solo que los ataques aumentan, sino que evolucionan más rápido que muchas empresas. Entender esta realidad ya no es opcional, es una responsabilidad directiva.
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Hablar de ransomware en Colombia ya no es hablar de una amenaza futura, es describir una realidad cotidiana que impacta empresas, alcaldías, hospitales, universidades y organizaciones de todos los tamaños. En los últimos años, y de forma más marcada en los últimos doce meses, he visto cómo el perfil de los ataques ha cambiado de manera radical. Antes el objetivo principal era cifrar información y pedir un rescate. Hoy el ataque comienza mucho antes, se infiltra silenciosamente, observa, aprende y golpea cuando el impacto es mayor.
Uno de los cambios más relevantes es el nivel de sofisticación. Los grupos de ransomware ya no dependen únicamente de malware genérico. Utilizan inteligencia artificial para analizar patrones de comportamiento, identificar usuarios con mayores privilegios, personalizar correos de phishing y seleccionar los momentos más críticos para ejecutar el ataque. Esto explica por qué muchas organizaciones aseguran tener antivirus, firewalls y copias de seguridad, y aun así terminan paralizadas. La tecnología por sí sola ya no es suficiente cuando el atacante entiende el negocio mejor que la propia empresa.
En Colombia, el contexto agrava el riesgo. Muchas organizaciones públicas y privadas avanzaron en digitalización de forma acelerada, especialmente después de la pandemia, pero sin una estrategia integral de seguridad, cumplimiento y gestión del riesgo. Se migraron datos a la nube, se habilitó el trabajo remoto, se integraron aplicaciones, pero no siempre se fortalecieron los controles, los protocolos ni la cultura interna. El resultado es un ecosistema digital amplio, pero frágil.
Uno de los vectores más utilizados sigue siendo el error humano, pero ahora potenciado por inteligencia artificial. Los correos mal escritos y fáciles de detectar quedaron atrás. Hoy los mensajes fraudulentos replican el tono interno de la organización, usan firmas reales, hacen referencia a procesos específicos y logran que incluso personal experimentado baje la guardia. No se trata de falta de inteligencia de los colaboradores, sino de ataques diseñados para explotar la confianza y la rutina.
Otro vector que crece con fuerza es la explotación de servicios expuestos a internet. Muchas empresas en Colombia tienen accesos remotos, servidores, aplicaciones web o plataformas de administración sin una correcta configuración de seguridad. Los atacantes no siempre entran rompiendo puertas; muchas veces simplemente pasan por accesos mal protegidos que nadie revisó después de una implementación apresurada. Aquí es donde la falta de gobierno tecnológico se convierte en una puerta abierta.
El ransomware moderno ya no solo cifra información, también la exfiltra. Este cambio es crítico. Aunque una empresa tenga copias de seguridad, el atacante amenaza con publicar datos sensibles, información de clientes, historiales financieros o documentos estratégicos. En un país como Colombia, donde la protección de datos personales está regulada y vigilada, esto implica no solo un problema operativo, sino sanciones legales, daños reputacionales y pérdida de confianza que pueden ser irreversibles.
He acompañado organizaciones que, después de un ataque, descubren que el verdadero daño no fue el rescate, sino la interrupción del servicio, la pérdida de credibilidad y el desgaste interno. Equipos desbordados, directivos tomando decisiones bajo presión, clientes molestos y autoridades solicitando explicaciones. Todo esto ocurre mientras el negocio está detenido. Por eso insisto: el ransomware no es un problema de TI, es un riesgo empresarial.
El sector público enfrenta retos aún mayores. Infraestructura heredada, presupuestos limitados, alta rotación de personal y dependencia de proveedores externos crean un entorno complejo. Los atacantes lo saben y lo aprovechan. Un ataque exitoso a una entidad pública no solo afecta la operación interna, impacta directamente a los ciudadanos, interrumpe servicios esenciales y debilita la confianza institucional. En este contexto, la ciberseguridad debería ser tratada como un asunto de continuidad del Estado, no como un gasto tecnológico.
La inteligencia artificial juega un doble papel. Así como es utilizada por atacantes, también puede ser una aliada poderosa para las organizaciones, siempre que se implemente con criterio. Automatizar monitoreo, detección de comportamientos anómalos, análisis de logs y respuesta temprana permite reducir tiempos de reacción y minimizar impactos. Pero nuevamente, la clave no está en la herramienta, sino en cómo se integra a procesos claros, responsables definidos y decisiones informadas.
Un error frecuente que veo en empresas colombianas es asumir que la ciberseguridad se resuelve con una compra puntual. Se adquiere un software, se firma un contrato y se siente una falsa sensación de tranquilidad. La seguridad real es un proceso continuo que involucra tecnología, personas, cumplimiento normativo y cultura organizacional. Cuando uno de estos elementos falla, el sistema completo queda expuesto.
También es importante hablar del silencio. Muchas organizaciones que sufren ataques no los reportan por miedo reputacional. Esto impide aprender, mejorar y fortalecer el ecosistema empresarial del país. Normalizar la conversación sobre ciberincidentes, sin estigmatizar, es clave para madurar como entorno digital. Nadie está exento, pero todos pueden prepararse mejor.
En este punto es necesario hacer una pausa y reflexionar. ¿La empresa conoce realmente dónde están sus datos críticos? ¿Sabe quién accede a ellos y desde dónde? ¿Tiene protocolos claros de respuesta a incidentes? ¿Ha entrenado a su gente más allá de un curso ocasional? Estas preguntas incomodan, pero son las que marcan la diferencia entre una organización resiliente y una vulnerable.
El crecimiento de los ataques de ransomware en Colombia no es una moda ni una alarma exagerada. Es el reflejo de un entorno digital que creció más rápido que su madurez estratégica. Desde mi experiencia de más de tres décadas acompañando organizaciones, he aprendido que la verdadera protección no empieza con un software, sino con una decisión consciente de entender el riesgo y gestionarlo de forma integral.
La atracción comienza cuando las empresas comprenden que la ciberseguridad no es un freno, sino un habilitador de crecimiento. Una organización que protege sus datos, sus procesos y a su gente transmite confianza a clientes, aliados y al mercado. Esa confianza se traduce en oportunidades, continuidad y reputación.
La conversión ocurre cuando se pasa del discurso a la acción. Diagnosticar, priorizar, definir responsables, alinear tecnología con procesos y cumplir la normativa vigente transforma la seguridad en una ventaja competitiva. No se trata de hacerlo todo de una vez, sino de hacerlo bien, con sentido y con visión de largo plazo.
La fidelización llega cuando la seguridad deja de ser un proyecto y se convierte en parte de la cultura. Cuando los colaboradores entienden su rol, los directivos lideran con el ejemplo y la tecnología se usa con propósito, la organización se vuelve resiliente. Y la resiliencia, en el mundo actual, es uno de los activos más valiosos.
El ransomware seguirá evolucionando. La pregunta no es si habrá nuevos ataques, sino qué tan preparada está la empresa para enfrentarlos sin perder su rumbo. Ahí es donde la consultoría funcional, humana y estratégica marca la diferencia.
La seguridad no se improvisa cuando llega la crisis, se construye con conciencia mucho antes de que el riesgo toque la puerta.
