Durante más de tres décadas he visto evolucionar la tecnología, pero también he sido testigo de cómo las amenazas digitales se vuelven cada vez más sofisticadas. Hoy no hablamos de correos mal escritos ni de llamadas evidentes, sino de estafas diseñadas con precisión quirúrgica para engañar incluso a usuarios experimentados. En los últimos meses, en Colombia se ha encendido una alerta real por una nueva modalidad de estafa digital que pone en riesgo no solo el dinero, sino la información personal, financiera y empresarial. Este tipo de fraude se aprovecha del desconocimiento, de la urgencia y de la confianza mal gestionada en canales digitales. El problema no es solo tecnológico; es cultural, educativo y organizacional. Empresas, emprendedores y ciudadanos están expuestos porque no siempre cuentan con criterios claros para identificar señales de riesgo. Entender cómo operan estas estafas es hoy una responsabilidad básica, no una opción. La prevención comienza con información confiable y decisiones conscientes.
👉 LEE NUESTRO BLOG, proteger tu información también es proteger tu futuro.
En Colombia, las estafas digitales han dejado de ser un fenómeno aislado para convertirse en una amenaza estructural. Según reportes recientes del sector financiero y medios económicos especializados, una nueva modalidad de fraude está afectando a miles de personas mediante técnicas de suplantación digital cada vez más creíbles. No se trata simplemente de un mensaje sospechoso, sino de una cadena cuidadosamente diseñada que replica comunicaciones oficiales, portales legítimos y procesos aparentemente normales.
Esta nueva modalidad se apoya principalmente en la ingeniería social. El estafador no necesita vulnerar sistemas complejos si logra que la víctima entregue voluntariamente su información. Aquí es donde el riesgo se multiplica, porque la tecnología funciona correctamente, pero el factor humano es manipulado. He acompañado empresas que perdieron recursos importantes no por fallas técnicas, sino por confiar en un enlace, una llamada o un mensaje que parecía auténtico.
El patrón suele iniciar con un aviso urgente: una supuesta actualización de datos, un bloqueo preventivo de cuenta, una notificación judicial o un movimiento irregular detectado. El mensaje dirige a un sitio web visualmente idéntico al de una entidad financiera o institucional. Allí, el usuario introduce datos sensibles creyendo que está resolviendo un problema. En segundos, la información queda en manos de delincuentes digitales que actúan con rapidez.
Lo más preocupante es que este tipo de estafa ya no discrimina por nivel educativo o experiencia digital. He visto casos de profesionales, empresarios y funcionarios que cayeron porque el mensaje llegó en el momento justo, con el lenguaje adecuado y desde un canal aparentemente confiable. La sofisticación del fraude ha superado la lógica del “eso a mí no me pasa”.
Desde una perspectiva empresarial, el impacto es aún mayor. Cuando un colaborador cae en una estafa de este tipo, no solo se compromete su información personal, sino también la de la organización. Accesos a correos corporativos, plataformas administrativas, bases de datos de clientes o información financiera pueden quedar expuestos. Aquí es donde muchas empresas descubren, demasiado tarde, que no contaban con una cultura real de seguridad digital.
La normativa colombiana en materia de protección de datos exige medidas razonables de seguridad, pero cumplir la ley no siempre significa estar preparados. La mayoría de incidentes que analizamos no se originan en la ausencia de tecnología, sino en la falta de criterios claros para su uso. Contraseñas compartidas, accesos sin doble verificación, desconocimiento de protocolos y ausencia de formación continua crean el escenario perfecto para el fraude.
Otro elemento crítico es la velocidad de reacción. Las estafas actuales se ejecutan en minutos. Cuando la víctima se da cuenta, el dinero ya fue transferido, los datos replicados y los accesos comprometidos. La recuperación es compleja, costosa y, en muchos casos, parcial. Por eso insisto siempre en que la prevención es infinitamente más económica que la corrección.
Desde la experiencia de más de 30 años en consultoría, puedo afirmar que la seguridad digital no se resuelve con una herramienta aislada. Se construye con criterio, procesos claros y decisiones conscientes. Las organizaciones que han reducido significativamente su exposición al fraude no son las que más tecnología compran, sino las que mejor entienden cómo y por qué la usan.
Es fundamental cuestionar la confianza automática en cualquier comunicación digital. Ninguna entidad seria solicita información sensible por enlaces no verificados ni genera urgencias artificiales. Enseñar esto a los equipos de trabajo y a las familias es hoy una forma de responsabilidad social. La educación digital dejó de ser un valor agregado para convertirse en un requisito básico de supervivencia en el entorno actual.
En este contexto, el rol de los líderes empresariales es clave. No basta con delegar la seguridad al área tecnológica. La dirección debe comprender el riesgo, asumirlo estratégicamente y promover una cultura donde preguntar, verificar y dudar sea visto como una fortaleza, no como una debilidad.
Hablar de estafas digitales no es generar miedo, es generar conciencia. La atracción comienza cuando entendemos que la tecnología, bien utilizada, sigue siendo una aliada poderosa. La conversión ocurre cuando pasamos de la preocupación a la acción consciente, revisando procesos, hábitos y decisiones digitales. Y la fidelización se logra cuando personas y empresas comprenden que proteger su información no es un proyecto puntual, sino una práctica continua.
He visto organizaciones transformarse cuando dejan de reaccionar ante los incidentes y comienzan a anticiparlos. Cuando la seguridad digital se integra al modelo de gestión, la confianza interna mejora, los clientes se sienten más protegidos y la reputación corporativa se fortalece. No se trata de vivir desconfiando de todo, sino de desarrollar criterio digital, ese que permite distinguir lo funcional de lo riesgoso.
En un entorno donde la estafa evoluciona cada día, la mejor inversión sigue siendo el conocimiento aplicado con sentido humano. Quien entiende cómo opera el riesgo, toma mejores decisiones. Y quien toma mejores decisiones, construye empresas y proyectos más sostenibles en el tiempo.
La verdadera seguridad digital no está en el miedo, sino en la conciencia con la que usamos la tecnología.
